Mis prendas y Yo

En este artículo, la filósofa existencialista y novelista francesa Simone de Beauvoir, comparte su actitud ante la moda y cómo elige su ropa.

Nos recibe una figura elegante, compacta y afable en un vestido de tweed de lana en blanco y negro. Lleva unos grandes pendientes de granate engarzados en plata, anillos en dos dedos, robustos zapatos de salón negros y, prácticamente escondido debajo del cuello del vestido, una cadena de plata con muchos colgantes en forma de gotas. El maquillaje bien definido, base de color y labios rojo cereza, las uñas también rojas. Entusiasma su actitud jovial y decidida.

“Déjame decirte que no me interesa la ropa en absoluto,” dijo Simone de Beauvoir, casi de inmediato. “Tengo tantas otras cosas en qué pensar, tantos intereses que para nada lo tengo en mente.” Si tenemos en cuenta que ella es la intelectual más relevante de su género en París y una de las escritoras más interesantes del mundo en su momento, no sorprende. Mucha gente se ha reído ante la idea de que ella nos hablara de ropa, pero en cuanto abrió la puerta de su estudio en Montparnasse, era evidente que había pensado en ello.

El apartamento donde vive es un bloque moderno de estudios. Es luminoso, limpio, ordenado y lleno de trofeos de sus viajes, alegres y coloridos; escuadrones de figuras africanas; un tambor rojo coreano; pájaros chinos de peluche; un cuadrante de seda china sobre el balcón del dormitorio y, sobre una mesa redonda a lado de la ventana, un modelo de las manos de Sartre acompañado de una maceta con un jacinto decorada con cuentas de colores y más pájaros.

Se sentó en el borde del diván con la manos juntas sobre la falda. Había algo de una niña pequeña cuando se dispuso a mostrarnos sus tesoros. “Va contra mis principios gastar mucho dinero o prestar atención a la ropa, y también me niego a gastar miles de francos en vestidos de noche. Si tengo que ir a algún sitio que lo requiera, no voy. Pero, si te interesa, te cuento la historia de mi vida, en lo que a ropa se refiere.”

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Simone de Beauvoir en su apartamento de Montparnasse

“Cuando era pequeña, iba muy mal vestida. Mis padres eran muy correctos y vestían muy bien, pero eran convecionales, sin gusto propio. A eso de los doce o catorce años yo era terrible (amarilla y cubierta de acné), pero no me importaba en absoluto mi aspecto. La vida estaba llena de otra clase de intereses y a mi mejor amiga en el colegio, Elizabeth Mabille, a quien tanto admiraba, tampoco le importaba el suyo.
Rechazaba mi aspecto deliberadamente por que lo asociaba con el de mis padres y su estilo de vida; yo tenía que romper con aquello y tener una vida propia, nueva y diferente. Tenía otra amiga que vestía bien y ella me ayudó, empezando por mi cabello. En mi primer año como profesora en la Sorbonne tenía que ser distinta. Me encargué dos vestidos, uno en crêpe-de-chine y otro en terciopelo blanco y negro. ¡Se lo puede imaginar! ¡Horrible! Los llevé todo el curso. También tenía un abrigo y un sombrero. Había que llevar sombrero, igual que las alumnas; ellas tenían unas boinas pequeñas que se metían en el bolsillo en cuanto salían. Luego, en el segundo año, empecé a llevar una falda con sweaters. Algunos eran bastante especiales; hubo uno de angora y otro con rayas de colores en el delantero que mis alumnas copiaron.”

Amigos en la Resistencia

“La siguiente fase fue la guerra, y nos olvidamos de la ropa por completo. Tenía muchos amigos en la Resistencia y lo más importante era estar abrigado. Acostumbraba a usar todos los sweaters que tenía, uno encima del otro, y más sweaters como ropa interior.
Llevábamos zuecos y no había medias, y usaba un turbante prácticamente todo el tiempo—en parte como sombrero y en parte para evitar la peluquería. Arreglarse el cabello era muy complicado, sabe. No había agua caliente. Se podían comprar cosas en el mercado negro, pero eran carísimas y contra mis principios. De todos modos, me interesaba más comer. Cuando la guerra terminó, se llevaban las faldas de seda estampada y apareció un tejido de imitación en algodón. Conseguí un corte, me mandé a hacer una falda a medida y me sentí tremenda.”

“Después fui a Portugal. Mi hermana vivía allí y quería que fuera. Conseguí dar unas clases allí. ¡Portugal! ¡Se lo imagina! Estaba encantada.
Cuando crucé la frontera, los hombres de la Aduana me miraron horrorizados. Tenía las piernas al aire y zapados con suelas de madera. Me acuerdo cuando llegué a Madrid. No podía creer las cosas hermosas que había en las tiendas, pero no compré nada. Cuando llegué a Portugal, mi hermana se quedó en shock «¡Pobrecita!» me decían y me llevaron a comprar ropa.”

Directo al Sastre

“Lo mismo le pasó a Sartre cuando llegó a América después de la guerra. Había estado usando un canadiense un día tras otro durante cinco años, así que se lo llevaron directo al sastre.”

“Tampoco compré muchas cosas, una o dos de líneas simples y clásicas, pero ¡ya tenía ropa! Recuerdo que también compré zapatos: dos o tres pares de bailarinas con suela crêpe y estaba encantada. Cuando regresé a París, la gente me paraba por la calle y me preguntaban dónde las había encontrado.
Sin embargo, cuando fui a América más tarde, me parecieron un poco incongruentes. Entonces me compré algo de ropa en una tienda de Nueva York. Lo pasé muy bien. Me compré un abrigo blanco, muy bien confeccionado—aún lo llevo— y un abrigo de piel; no sé de qué tipo pero, es todo peludo. Tenía algo de dinero, sabe, gracias a mis escritos.”

Exhibición de sus tesoros

“Uso ese dinero para comprarme cosas cuando viajo por todo el mundo. Me compré un abrigo de astracán cuando estuve en Rusia y lo hice arreglar por un buen peletero en París. ¡Mire los botones son de oro y azabache!
Después vino mi época exótica. Empecé a comprar artesanía en todo el mundo— Guatemala, China, África, Dalmacia. Me encantan los materiales exóticos de por sí, me encantan las sensaciones que transmiten. Le enseñaré algunos si le interesa. Aquí están. Todos mis tesoros. Aunque ya no los llevo, me gusta conservarlos como recuerdos. Hay una chaqueta roja de seda china forrada con borreguito que la sigo usando porque es tan abrigada, pero me estoy haciendo un poco mayor para el rojo. Y aquí, un hermoso abrigo de seda antiguo, una bata tradicional del teatro chino que me pongo a veces cuando vienen amigos, una especie de disfraz.”

Más cuidadosa a los 52

“Me estoy haciendo mayor y debo ser más cuidadosa. Tengo 52 años y a las mujeres maduras todo se les perdona menos. Quiero tener un aspecto decente. Mi modista es muy buena—Maggy Riccy en la calle de Rennes—voy desde hace unos diez años. Ella ha hecho este vestido. Voy una o dos veces al año y terminamos muy rápido. Vemos los materiales y elijo todo en unos minutos.
Me gustan los tweeds en colores fuertes y el blanco. El blanco es particularmente bueno para las mujeres maduras. Me encanta el amarillo y me sienta bien. El azul también me favorece pero no me gusta tanto por sus asociaciones—excepto el azul eléctrico pero no me queda bien. Me compro 1 vestido (ni 2, ni 3), y lo llevo toda la temporada. El resto del tiempo, llevo una falda y una camisa o un sweater.
Voy a la peluquería 2 veces al mes, me tiñen, cortan y peinan. Me estoy quedando canosa, ese estado sal y pimienta que parece tan desaliñado. El chignon es un postizo, pues tengo poco cabello. No llevo mucho maquillaje. De jovencita llevé toda clase de pastiches, rojo en las mejillas y ¡no sé cuantas cosas más! Pero poco a poco se me pasó.”

Bata para trabajar

“Cuando me levanto por la mañana, me arreglo un poco, me pongo mi bata, bajo y me pongo a trabajar. Nunca me visto hasta el mediodía o almuerzo antes de las dos. Si hubiera sido otro tipo de entrevista, le hubiera recibido en bata. Cuando vuelvo a casa por la noche, me pongo la bata otra vez. Escribo vestida con mi bata, me siento mucho más libre. Cuando salgo, a eso de las dos, me maquillo un poco, me arreglo el pelo y me visto. Tomo un baño por las noches, lo encuentro relajante y de esa forma el día queda partido en 3!
Nunca plancho ni arreglo mi ropa, la envío a limpiar. Tampoco cocino. No estoy nada domesticada. Llevo una vida bastante recogida. Veo a poca gente, pero a ellos, los veo todo el tiempo. No voy a sitios donde importe cómo visto y no estoy con gente que me obligue a vestir con formalidad.”

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Abrigo negro de astracán persa · Foto: Jack Nisberg/The Observer
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Abrigo tradicional teatro chino · Foto: Jack Nisberg/The Observer
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Con su bata roja y el molde de las manos de Sartre
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Jean Paul Sartre con su abrigo canadienne · Foto: Henri Cartier-Bresson, 1946

My Clothes and I, de Simone de Beauvoir, tal como lo contó Cynthia Judah, se publicó en el Observer el 20 de marzo de 1960. Fotografías de Jack Nisberg.•

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